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domingo, agosto 19, 2012

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La vida es el valor supremo

2. El dogma del valor supremo de la vida, sin matiz ni cautela algunos, encarna paradójicamente la expresión suprema del nihilismo contemporáneo: nada vale. Pues si la vida del hombre fuera ya el valor por excelencia, entonces no habría propiamente valores. En ese caso nuestra vida sería compatible con cualesquiera valores, con cada uno y su contrario, a condición de que sirvieran para asegurar la mera existencia. Tan sólo importaría la vida; no habría lugar al juzgar y preferir moral, sino al sobrevivir. Así es como la máxima aspiración de los seres humanos no rebasaría el mínimo común denominador de todos los seres vivos. La moral queda canjeada por la biología y, para colmo, se declara que la fidelidad a esa llamada biológica es el comportamiento más digno de los sujetos morales.

La vida por sí misma o al servicio de ideales más altos que la vida, he ahí el dilema que encaramos. Algunos pensadores han considerado que las épocas decadentes de la historia se caracterizan por hacer de la vida su principal obsesión. A juicio de Hannah Arendt, de lo que aquí se decida depende nada menos que el futuro de la ética. Y es que toda ética presupone que la vida no es el sumo bien para los hombres y que en ella está siempre en juego algo más que el mantenimiento y la reproducción de los seres vivos. Eso puesto en juego puede ser desde la grandeza y la fama o la salud de la ciudad, hasta la salvación del alma, la libertad o la justicia. En cuanto esas metas –expresiones de virtudes y valores- se subordinaran a la mera continuidad de uno mismo, del mundo o de la especie, "esto no significaría sino que toda ética o moral dejaría simplemente de existir".

Más aún, insistir en la supremacía del valor de la vida puede facilitar los peores males. Creíamos que la vida es el bien más alto y la muerte el máximo horror, escribe la pensadora, pero "hemos sido testigos y víctimas de horrores peores que la muerte sin poder descubrir ideal más elevado que la vida "...ni" ser capaces de jugarnos la vida por una causa". En realidad la vida humana civilizada se hundiría como se llegase a extender la creencia de que la nuda vida vale mucho más que cualquier valor profesado hasta entonces. Ya no podríamos hablar de cultura cuando todos los valores se han venido abajo frente a la supervivencia, un objetivo nada valioso mientras no sea otra cosa que " la apología de la existencia a cualquier precio (...) un vegetar masivo que conduce al envilecimiento general" (Kertész). Todo lo cual no es más que la deriva lógica de la lección que muchos extraen de la lucha por la supervivencia, a saber, que nuestra primera obligación consiste en aceptar la vida sin ninguna reserva. Pues eso entrañará forzosamente aceptarla en cualesquiera de sus formas, incluidas las inadmisibles. Son muchos los que, ante los atropellos sufridos por unos u otros, concluyen que es más sensato cooperar que resistir. Esa racionalidad de la supervivencia convierte a la razón en enemiga de la moralidad.

Tal vez así se comprenda que lo más pernicioso del terrorismo por referirme a un protagonista bien conocido entre nosotros, no estriba en despreciar las vidas humanas. Su maldad principal estriba en que –por el veneno y el miedo que inocula- pervierte de raíz nuestras intuiciones prácticas, pone cabeza abajo la escala de valores y mancilla lo que hace valiosa nuestra vida individual y colectiva. Bajo la amenaza del terror, ya nada vale más que la mera vida.
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Aurelio Arteta
de "Tantos Tontos Tópicos"

martes, abril 03, 2012

"Si la presencia de valores establece una jerarquía entre las acciones y entre las personas que los encarnan, los valores mismos se disponen entre sí también según un orden de preferencia, y el valor moral ocupa la cúspide. A su lado palidece la sabiduría, la creación artística o el carisma público: el hombre más bueno, el santo, marcha por delante del sabio, del genio o del estadista.

Pues es el caso que lo peculiar de los valores morales, a diferencia de los demás, estriba en ser universalmente exigibles. Nos lo contó Protágoras en unas páginas inmortales. El resto de las cualidades y destrezas técnicas o artísticas se reparten entre los humanos por naturaleza o por azar, y a la sociedad le basta eso para su funcionamiento. No todos tenemos que ser panaderos o músicos: basta con que haya unos pocos de cada clase para procurarnos el pan y alegrar nuestras fiestas. Pero el "sentido moral" (el respeto, la justicia) debemos adquirirlo todos mediante arduo aprendizaje. Sin él, la sociedad entera se viene abajo y los hombres no alcanzamos la plenitud. Por contraste con las otras dotes, en definitiva, de ésa somos responsables y su carencia nos puede ser echada en cara. Así que el hombre dotado de un impecable carácter moral no pierde créditos por notorios que sean sus defectos desde otros ángulos de la excelencia; pero será imposible admirar al genio con la misma devoción si sobre su conducta se cierne una sombra de sordidez. La excelencia moral es la que más vale porque, a poco que falle, las demás excelencias valen menos.

¿Quién podrá reprocharnos moralmente este moralismo?"


Último libro del profesor Aurelio Arteta en el que analiza y "tritura" tópicos verbales que nos acompañan habitualmente en nuestra forma de relacionarnos. Su análisis profundiza en el poder de las frases repetidas sin demasiada reflexión y las consecuencias que sobre las conductas públicas y sociales tienen.
"Si hubiera más lucha de ideas, habría menos lucha mortífera entre los hombres" declaró el profesor en una reciente entrevista; su libro trata de esto: de la anemia y raquitismo de ideas basadas en la reflexión personal debido, entre otras causas, a  la necesidad de ser aceptado y evitarse problemas dentro del grupo humano donde se desarrolla la convivencia social.

Aurelio Arteta es catedrático de Filosofía Moral y Política en la Universidad del País Vasco. Autor de ensayos éticos, entre ellos La compasión. Apología de una virtud bajo sospecha (1996) y La virtud en la mirada. Ensayo sobre la admiración moral (2002). Editor y coautor de manuales universitarios como Teoría política: poder, moral, democracia (2003) y El saber del ciudadano. Las nociones capitales de la democracia (2008) y Mal consentido. La complicidad del espectador indiferente (2010).
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Tantos tontos tópicos
Aurelio Arteta
Ariel, Barcelona, 2012
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