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miércoles, septiembre 28, 2011

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Las Cárites en la Historia del Arte

Salvador Dalí
Playa encantada con las Tres Gracias, 1904

“Eurínome, hija del Océano, de encantadora belleza, le dio las tres Cárites de hermosas mejillas, Aglaya, Eufrósine y la deliciosa Talía. De sus párpados brota el amor que afloja los miembros cuando miran y bellas son las miradas que lanzan bajo sus cejas”. 
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Hesíodo, de "Teogonía"
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 Relieve griego, 100 adC
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Desde la Grecia antigua a la actualidad, “Las Tres Gracias” han sido fuente de inspiración para los artistas a lo largo de la historia del arte.

Las “Cárites” o “Las Tres Gracias” eran tres diosas inferiores, hijas de Zeus y la ninfa Eurínome hija del titán Océano. Sus nombres eran Aglaya, Eufrósine y Talía. Según diversas fuentes clásicas, Las Tres Gracias eran las diosas de la belleza, la sexualidad y la fertilidad entendidas como fuerzas generadoras de vida.

Medallón de cuendo romano, 200-260 dC
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Otorgaban a dioses y mortales la alegría así como la elocuencia y la sabiduría y tenían la capacidad de dotar a los hombres de la genialidad y el talento necesarios para ser un brillante artista.

Su representación en frisos en la antigua Grecia las mostraba cubiertas de finas túnicas pero es desnudas, tan solo cubiertas de un liviano y transparente velo como se las ha plasmado con mayor frecuencia.

Alberto Durero
Las Tres Gracias, 1497
Johanm Heinrich Fussli, 1741-1825
Eufrósine con la Fantasía y la Templanza


Jean Marc Nattier
Talía, 1739

Simeón Solomon, 1840-1905
Damon y Aglae
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Aunque hay obras como el “Damon y Aglae” de Simeón Solomon, “Eufrósine con la Fantasía y la Templanza” de Johanm Heinrich Fussli y “Talía” de Jean-Marc Nattier en las que aparecen  por separado, las Cárites casi siempre han formado parte de las escenas juntas y entrelazadas por sus brazos o sus manos.

Hans Baldung Grien
Díptico Las Edades de la Muerte
La Armonía, 1540


Jacques Blanchard
Venus y Las Tres Gracias sorprendidas por un mortal, 1631-33

También se las ha representado formando parte de escenificaciones de relatos de la mitología acompañando a otros dioses tales como Venus, Marte, Mercurio, Atenea, Hermes, Hera o Cupido y en acontecimientos históricos como “El desembarco de María de Médicis en Marsella” de Rubens.

Peter Paul Rubens
El desembarco de María de Médicis en Marsella, 1622

 Jacques-Louis David
Marte desarmado por Venus y Las Tres Gracias, 1824
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Tanto en los relieves griegos como en los mosaicos, frescos y relieves romanos el conjunto escénico las manifiesta con mayor frecuencia, con las figuras de Aglaya y Talía de frente o en posición ligeramente lateral y la figura de Eufrósine de espaldas.
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Francesco Furini
Las Tres Gracias, 1633
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Jean Léon Gérôme
Las Tres Gracias, 1848

Es a partir del renacimiento alemán con tablas de Lucas Cranach el Viejo cuando empieza a aparecer la figura de Eufrósine de frente al espectador entre Aglaya y Talía que aparecen bien de espaldas con su rostro mirando a las otras figuras o en pocisión lateral.

Lucas Cranach el Viejo
Las Tres Gracias, 1535
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Paul Cézanne
Las Tres Gracias, 1862

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Las Cárites, dadoras del talento, siguen dotando a los artistas de la inspiración creadora que a través de las nuevas expresiones en el arte de nuestros días, las inmortaliza envueltas de la siempre mágica mitología.

Pere Pruna
Las Tres Gracias, 1920

Javier Clavo
Las Tres Gracias, 1981
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Alfonso Sucasas
Las Tres Gracias, 1989
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Juan Barjola
Las Tres Gracias, 2003
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martes, agosto 30, 2011

Artista del mes....

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Gustav Klimt
Baumgarten 1862 - Viena 1918
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 Alegoría de la escultura, 1889

 
  Espíritus del agua, 1894
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  Música, 1895

 Medicina, 1897-1898
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 Agua en movimiento, 1898
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 Retrato de Sonja Knips, 1898
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  Palas Atenea, 1898
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  Estudio para Schubert al piano, 1899

 
  Schubert al piano, 1899
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 Hygeia, 1900-1907
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  Peces de colores, 1901-1902

 
  Judith con la cabeza de Holofernes, 1901-1902
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 Friso de Beethoven *detalle, 1902
"Las súplicas de la débil Humanidad"
"Los sufrimientos de la débil Humanidad"
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Friso de Beethoven *detalle, 1902
"Las fuerzas enemigas"
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Friso de Beethoven *detalle, 1902
"Alegría, hermosa chispa de los dioses".
"Este beso para el mundo entero"
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Emilie Floge, 1902

Esperanza, 1903

 
  Serpientes de agua I, 1904-1907

 
  Tres edades de la mujer, 1905

 Fritza Riadler, 1906
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 Danae, 1907

 
  Serpientes de agua II, 1907
 

 Mujer con sombrero y boa de plumas, 1907
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 Mujer semidesnuda, 1909-1910

 El sombrero de plumas negro, 1910
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 Adele Bloch-Bauer, 1912

 La Doncella (Virgen), 1913

Eugenia Primavesi, 1913-1914

 
  Mujer con las piernas abiertas, 1914

 Muerte y Vida, 1916
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Amigas, 1916-1917
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  Adan y Eva, 1917-1918 
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 Niño (Cuna), 1917-1918
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He vuelto por el camino sin hierba.
Voy al río en busca de mi sombra.
Qué soledad sellada de luna fría.
Qué soledad de agua sin sirenas rojas.
Qué soledad de pinos ácidos errantes...
Voy a recoger mis ojos
abandonados en la orilla.
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sábado, agosto 27, 2011


Gustavo Bueno
 
Lectura I. Ética y moral y derecho. VI 85

13. Ética, moral y derecho.

El conflicto permanente, actual o virtual, entre ética y moral se resuelve dentro del Estado (en tanto él mantiene integrados a grupos humanos heterogéneos con normas morales propias: familias, clases sociales, profesiones, bandas, iglesias...) a través del ordenamiento jurídico. La fuerza de obligar de las normas legales deriva del poder ejecutivo del Estado que, a su vez, es la esfera de la vida política.  Las relaciones entre «ética» y «política» suelen ser entendidas (por los partidos políticos socialdemócratas, de orientación «laica») desde coordenadas idealistas.  Esto ocurre cuando desde premisas políticas «laicas» (es decir, que quieren mantenerse al margen de cualquier dogmática religiosa confesional: y no deja de ser pertinente observar aquí que la propia autodesignación de «laicas» sigue siendo tributaria de la visión religiosa del mundo que, desde las posiciones religiosas, denomina laicas a las que no lo son) se apela a la necesidad de un «comportamiento ético» de los ciudadanos, a fin de que el sistema democrático pueda subsistir. Pero la apelación al comportamiento ético de los ciudadanos se hace desde una perspectiva idealista, que es una mera secularización de la apelación que las confesiones religiosas hacen a la «conciencia del deber».  La misma secularización que intentó llevar a cabo la moral kantiana y neokantiana, e incluso el llamado «marxismo ético» (el de Vorländer, por ejemplo).

La apelación a la «conciencia ética» del deber, como «condición de posibilidad» para que los proyectos políticos puedan llevarse a efecto, constituye también una coartada de los partidos en el gobierno para justificar sus fracasos, que atribuirán al «déficit» de comportamiento ético de los ciudadanos, incluidos los funcionarios y, a veces, los propios políticos. Decimos «a veces»; porque otras veces se supondrá que quienes tienen responsabilidades políticas, principalmente en el poder ejecutivo, podrían estar exentos de ciertas obligaciones éticas, si es verdad que la razón de ser del Estado, y de sus arcana Imperii, requieren, en ocasiones, un «trabajo sucio» más allá de la ética, «más allá del bien y del mal» ético; un trabajo sucio e ingrato que, por tanto, debiera ser compensado por el comportamiento según el deber ser ético de los ciudadanos ordinarios (como si los comportamientos éticos de los individuos pudiesen arreglar los problemas objetivos que se plantean en el terreno moral y político).

Lo que con todo esto se nos viene a decir es lo siguiente: que la educación pública debe hacer lo posible para que los ciudadanos no sean corruptos, para que paguen sus impuestos al Estado, para que no roben en sus empresas, fingiéndose, por ejemplo, enfermos, o cometiendo actos de sabotaje o simplemente una actitud descuidada ante las máquinas, &c. En una palabra, la esperanza que tantos políticos ponen en la educación ética de los ciudadanos es sólo el trasunto «laico» de la esperanza que tradicionalmente, los teóricos de la política ponían en la educación religiosa del pueblo, a fin de hacer posible su «gobernabilidad». Pero esta esperanza no sólo estaba fundada en la fe, como ocurrió con los casos de San Agustín o de Santo Tomás. La esperanza en los efectos bienhechores de la educación religiosa también fue alimentada desde fuera de la fe religiosa: Platón consideró la educación religiosa como una «mentira política» necesaria para el gobierno de la República, y Napoleón expresó la naturaleza económica de esta «necesidad» con su célebre frase: «Un cura me ahorra cien gendarmes.»

Desde el punto de vista de los conceptos de ética, moral y derecho (al que reducimos la política de un «Estado de derecho») que venimos utilizando, resultará, desde luego, innegable que es imposible la vida política a espaldas de la vida ética de los ciudadanos, y este es el fundamento que puede tener la apelación, una y otra vez, a la necesidad de reforzar la «educación ética» de los ciudadanos a fin de hacer posible su convivencia política. Ahora bien, lo que, desde la política, suele entenderse por «educación ética» es, en realidad, el «moldeamiento moral» de los ciudadanos y, en el límite, la conminación legal a comportarse «éticamente», por ejemplo, pagando los impuestos, bajo la amenaza de penas legales, con lo cual, dicho sea de paso, las normas éticas se transforman en realidad en normas morales o en normas jurídicas. Desde la política, además, se encomienda a determinados funcionarios la misión de «educar éticamente» a la juventud en el marco de esta constante confusión entre deberes éticos y obligaciones morales o conveniencias políticas (se da por supuesto, por ejemplo, que la «conciencia ética pura» es la que nos inclina a pagar un impuesto sobre la renta; o que es la «conciencia ética pura» la que nos inclina a ser tolerantes y respetuosos, incluso con quienes profieren sin cesar necedades u opiniones gratuitas o erróneas). Pero la fuerza de obligar procede casi siempre de la norma legal coactiva, no de la norma ética, ni siquiera de la norma moral; como cuando alguien atiende a un herido para evitar incurrir en delito penal.

Las normas éticas son las que se refieren a la «preservación en el ser» del propio cuerpo y de los cuerpos de los demás; por ello es evidente que sin la ética, en su sentido más estricto, tampoco podría hablarse de moral ni de política; pero esto no autoriza a tratar de presentar como normas éticas lo que en realidad son normas morales o políticas. Es evidente que si creciese la minoría de ciudadanos que desatiende los «deberes éticos» (las virtudes de la firmeza) para su propio cuerpo (a causa de la drogadicción, o simplemente, del descuido de su salud en materia de alimentación, de enfermedades venéreas, &c.), la «salud pública» disminuiría y la economía, tanto como la moral, se resentirían hasta el punto de hacer inviable cualquier acción política.  Ahora bien, esto no autoriza a olvidar los conflictos regulares entre la ética y la moral. Puede darse el caso de que un trabajador, un funcionario o un desempleado, forzado por la necesidad, tenga que «robar» a su empresa, al Estado o al puesto de frutas del mercado, en nombre del deber ético de su propia subsistencia o de la de su familia (los moralistas cristianos reconocían esta situación bajo figuras como las de la «oculta compensación»); y, sin embargo, esta conducta ética del «ladrón» estará en contradicción frontal con las normas morales y jurídicas vigentes.

En general, habrá que tener en cuenta que la política (el Derecho) coordina no ya sólo la ética con la moral, sino también las diferentes morales de grupos, clases sociales, &c., constitutivas de una sociedad política. Por consiguiente habrá que tener en cuenta que la convivencia que la acción política busca hacer posible es siempre una convivencia de individuos y de grupos en conflicto. Es puro idealismo dar por supuesta la posibilidad de una convivencia armoniosa que hubiera de producirse automáticamente tan pronto como todos los ciudadanos «se comportasen éticamente», después de recibir una educación adecuada. Ni siquiera cabe decir, con sentido, que este ideal de convivencia armónica es la expresión de un deber ser, porque lo que es utópico, lejos de poder presentarse como un deber ser, siempre incumplido, habría que verlo como un simple producto de la falsa conciencia.

Gustavo Bueno, El sentido de la vida, Pentalfa, Oviedo 1996

lunes, agosto 22, 2011